Historias que conectan vidas: Vivir y persistir tras 4 trasplantes

Hay lazos familiares que salvan vidas y decisiones anónimas que reescriben el destino. 
Junto a Sebastián creador del Instagram @vidas_que_conectan, abrimos este espacio para un testimonio en primera persona: la historia de cómo cuatro trasplantes y un hilo de esperanza permitieron que el amor le ganara la batalla al tiempo.

El arte de persistir: Mi historia a través de cuatro trasplantes y un hilo de esperanza

Hay historias que comienzan con un diagnóstico que parece un punto final, pero que, gracias a la medicina, el amor familiar y la donación de órganos, se transforman en puntos suspensivos. La mía es una de ellas. He vivido en carne propia lo que significa depender de la generosidad de otros para seguir respirando: he pasado por tres trasplantes renales y uno hepático. Esta es la crónica de cómo una secuencia de milagros me trajo hasta el día de hoy.

Un diagnóstico contra todo pronóstico

Mi viaje comenzó en 1988. Nací con una enfermedad de riñón poliquístico bilateral combinada con una fibrosis hepática. En esa época, el panorama era desolador; las posibilidades de sobrevivir eran casi nulas porque los trasplantes en recién nacidos eran terreno inexplorado en nuestro país. Prácticamente me habían desahuciado.

Sin embargo, la doctora que me recibió al nacer se convirtió en nuestro primer ángel de la guarda. Miró a mis papás y les dijo la verdad: la única opción real era un trasplante. Pero el camino no sería fácil. Los cirujanos del Hospital de la Universidad Católica no se atrevían a operarme por los riesgos, así que mis padres iniciaron un peregrinaje desesperado por otros centros médicos buscando un lugar donde aceptaran dializar a un recién nacido. Ninguno se atrevió.

Mientras las puertas se cerraban, mi doctora me mantuvo firme con tratamientos y medicamentos, y volvió a insistir con los cirujanos de la Católica. Esta vez aceptaron, pero con una condición estricta: debía cumplir 5 años y alcanzar un peso determinado para resistir la cirugía.

El primer regalo de vida

A los 5 años, la meta se cumplió. Mi papá, en un acto de amor absoluto, se convirtió en mi primer donante vivo. Ese riñón me dio la infancia, la oportunidad de jugar, de crecer y de empezar a ganarle la batalla al destino.

Los años pasaron con la fragilidad propia de mi condición. En 1998 aparecieron várices en el esófago que requirieron tratamiento, pero el golpe más duro llegó en 2005, cuando mi cuerpo hizo un rechazo crónico y tuve que volver a diálisis. Para poder terminar mi época escolar, optamos por la peritoneodiálisis.

Fue un periodo complejo, pero la vida me tenía reservada otra sorpresa. Una tía abuela — un lazo familiar poco común para estos casos — se ofreció a ser mi donante. Al hacer los exámenes, resultó ser incluso más compatible que mi papá. Nos enfrentamos a un nuevo vacío legal y médico: no era común trasplantar desde un familiar no directo, y ella estaba en el límite de edad permitido (60 años). Tras gestiones intensas, el trasplante se realizó con éxito en 2006. Volví a nacer gracias a ella.

El año más difícil: 2012 y el límite de mis fuerzas

La estabilidad duró hasta el año 2012, el capítulo más oscuro y complejo de mi historia. Empecé a sentirme muy mal. Entré a urgencias, me detectaron una bacteria y pasé 7 días hospitalizado. Me dieron el alta, pero a los tres días volví a caer con una bacteria distinta. Ese ciclo se convirtió en una pesadilla que me mantuvo 7 meses hospitalizado.

Fueron meses de incertidumbre y exámenes, hasta que los médicos descubrieron que mi hígado estaba fallando debido a una condición llamada enfermedad de Caroli. La única salida era un trasplante hepático con donante cadáver. Sin embargo, al no estar inicialmente en un estado de extrema gravedad inmediata, no me daban el pase para entrar a la lista de espera hepatica.

Las cosas se complicaron aún más: tanto tiempo hospitalizado, sumado a la enorme cantidad de antibióticos y medicamentos que recibí para combatir las bacterias, terminó por dañar también mi riñón. El panorama cambió drásticamente: ya no era solo el hígado; ahora necesitaba un doble trasplante hepático y renal.

El milagro del doble trasplante

Llegó un momento en que mi salud se agravó muchísimo. Tras lograr estabilizarme, y con todos estos nuevos antecedentes sobre la mesa, el caso se llevó ante la Comisión Médica. Esta vez aceptaron ingresarme a la lista de espera, otorgándome la máxima prioridad: quedé en los primeros lugares a nivel nacional.

La espera, que suele ser una agonía, afortunadamente fue corta. Pasaron unos tres o cuatro meses hasta que llegó ese día que jamás olvidaré: había un donante para mí.

Lo que vino después fue una batalla médica monumental. Entré a pabellón para una cirugía maratónica que duró más de 13 horas. Debido a la magnitud y complejidad de intervenir dos órganos vitales al mismo tiempo, la recuperación postoperatoria fue sumamente dura y dolorosa. Pero el deseo de vivir y el trabajo del equipo médico fueron más fuertes. Salí adelante.

Vidas que conectan

Hoy miro hacia atrás y veo un camino pavimentado por la resiliencia de mis padres, la audacia de los médicos que se atrevieron cuando nadie más lo hacía, la entrega de mi papá y mi tía abuela, y la infinita generosidad de esa familia anónima que, en medio de su propio dolor, decidió donar los órganos de su ser querido para salvarme en 2012.

“Tener una segunda oportunidad en la vida es un regalo; tener cuatro es un milagro que me compromete a alzar la voz. La donación de órganos no es solo un procedimiento médico o un concepto abstracto; es el acto sublime de permitir que la historia de alguien no termine antes de tiempo. Es comprender que nuestras vidas están conectadas y que un ‘sí’ a la donación puede transformar el destino de toda una familia, tal como transformó la mía. Hoy estoy aquí, fuerte y agradecido, para contar que valió la pena luchar.”

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